50 años después: un concilio malvendido
El 25 de Enero se cumplieron cincuenta años desde que Juan XXIII anunció, por sorpresa, la convocatoria de un nuevo Concilio Ecuménico que más tarde sería conocido como el Concilio Vaticano II, un concilio que traslado a la Iglesia de modelos medievales al dialogo con su realidad social. Fue el primero concilio en el que la Iglesia le preguntó al mundo que podía hacer por ellos y también que podían hacer para salvar la Iglesia en este mundo y que podía hacer la Iglesia para hacerse entender en la época moderna.
El llamado Papa “bueno” dio un soplo de esperanza a un mundo que la necesitaba y dio también una llama de ilusión y optimismo a la Iglesia Católica. Pero esa realidad no se da en la actualidad. Ahora podemos ver como muchas metas marcadas en el Concilio Vaticano II se han pospuesto, pues sino se han olvidado.
Cuando el Papa Benedicto XVI fue elegido por el conclave hubo quienes quisimos creer que este Papa nos podría dar alguna sorpresa. Yo tengo que decir que pasados unos tres o cuatro años de su pontificado, dejo de lado esas tesis. Benedicto XVI, y esto lo digo muy en serio, es el Papa que más ha malvendido el Concilio Vaticano II. No se practica las directrices del Concilio Vaticano II, no se practica la medicina de la misericordia (bueno si, se utiliza con los obispos lefebvrianos que se oponen al Concilio Vaticano II precisamente por la medicina de la misericordia, entre otras cosas…).
No veo grandes avances en ecumenismo, lamentablemente el Papa tiene una concepción del ecumenismo que tiene que ver poco o nada con el ecumenismo real. Firma una serie de documentos con líderes de otras confesiones cristianas, pero en cuanto un cristiano da el salto y tiene relaciones con las demás Iglesia, el Papa pone de acento la identidad católica de la Iglesia y para los pies a cualquier intento serio de ecumenismo. Ahí tenemos el caso de Leonardo Boff. Mucha gente dice que el libro de Leonardo Boff “Iglesia: Carisma y Poder” fue condenado porque aplicaba el método marxista a la Iglesia llegando a la conclusión de que en la Iglesia había dos clases, la dirigente (el clero) y la oprimida (las comunidades de base), tal cosa es mentira. En ningún momento aplica Boff un análisis marxista a la realidad de la Iglesia, lo que hace Leonardo Boff es hablar de eclesiología desde la militancia y lo único que defiende Boff es que la Iglesia tiene que defender los Derechos Humanos y que si quiere defenderlos tiene que hacerlos cumplir en su funcionamiento interno. Pero tampoco fue ese el error de Leonardo Boff por el que Ratzinger decidió llamarle a Roma, el error que el Cardenal Ratzinger (hoy Papa Benedicto XVI) vio en Leonardo Boff fue el ecumenismo. Leonardo Boff defendió en su libro que las iglesias cristianas tienen todos unos componentes de la verdad de Dios y que todas juntas forman la Iglesia de Cristo. Esa tesis para Benedicto XVI es completamente falsa porque para él todas las iglesias cristianas tienen una verdad deficiente y que solo la Iglesia Católica tiene la verdad plena. Es decir, para Benedicto XVI el ecumenismo no es dialogo sincero con las otras confesiones cristianas sino que el ecumenismo es una especie de negociación con las otras confesiones para que acepten la autoridad del Papa, sin que la Iglesia Católica tenga que claudicar en nada (faltaría más, si para Ratzinger es la Iglesia de verdad).
El compromiso social de la Iglesia sigue cayendo. Hay un presidente, el de Ecuador, Rafael Correa, que habló una vez en unos congresos ecuménicos, él es católico practicante y su ideología está muy influida por la Doctrina Social de la Iglesia, se quejó de que en América Latina la Iglesia cada vez está menos comprometida con los pobres. Aparecida fue un buen ejemplo de eso y algunas reflexiones que vemos por ahí de importantes teólogos ponen de relieve como en la jerarquía eclesiástica los pobres cada vez están más lejos de ser algo sobre lo que reflexionar. En Aparecida se acaba la Iglesia de los pobres, o más bien sigue sin tomarse en serio la Iglesia de los pobres. En Aparecida los pobres no son ya el centro de reflexión, no se va a los clamores de los pobres y ahí se intenta ver a Jesucristo, sino que se intenta ver a Jesucristo (¿Donde? Como no, en el magisterio de la Iglesia) y de ahí se va a los pobres. Es decir, prima la jerarquía, la tradición y la autoridad por encima de las necesidades humanas, del clamor de los pobres y del sufrimiento humano. No está la Iglesia al servicio de los pobres sino que esta el servicio a los pobres al servicio de la Iglesia (Y ya los pobres es que ni existen). Se desprestigia a las ONGs diciendo que no sirven para la evangelización y que si la Iglesia sigue trabajando por los pobres, lo que hace es olvidar su misión de anuncio, lo que hace que encima prime el utilitarismo católico por encima de la caridad cristiana. Caridad cristiana, que por cierto, a dejado de serlo, porque ahora preguntas a la jerarquía que es la verdad cristiana y deja de ser sentir en mejilla propia el puñetazo ajeno y amar incondicionalmente a amigos y enemigos, ahora la caridad cristiana es no se qué anuncio de la Verdad. Toda esta realidad de la jerarquía, y de Benedicto XVI, contrasta con unos cristianos de base muy concientizados, con unos misioneros que están muy comprometidos y con una serie de cristianos que desde sus realidades (parroquias, misiones, educación, medicina, misión evangélica, sacerdocio, política etc) intentan luchar por los más pobres y lo hacen desde los más pobres. Tristemente, en la Iglesia se sigue viendo mal las reflexiones de Jesucristo desde los pobres y contra la pobreza, como la que hace Jon Sobrino (que fue sancionado por el Vaticano con la firma de Benedicto XVI).
La liturgia es otro tema complicado. La liturgia ha dejado de ser un trabajo para el pueblo, que es lo que quiere decir etimológicamente, para ser una carga muy pesada para el pueblo. Ya no es la liturgia un servicio que acerca la verdad de Dios a los hombres, sino que es una verdad más que los hombres tienen que aceptar y seguir, es decir, es una carga más, otra norma. Cualquier intento de acercar la liturgia a los más humildes o a culturas muy diferentes de la occidental (en África, en América Latina, los indígenas o en Asia) es visto (a ojos de la jerarquía) como un exceso. Aquí en España tuvimos el penoso ejemplo de San Carlos Borromeo, pero hay más. Los cambios que se hacen en liturgia son hacia atrás y son a favor de cerrar aún más la liturgia. En la Carta Apostólica “Sacramento de la caridad” Benedicto XVI habla tanto de la importancia de la exaltación y devoción que debemos tener por la eucaristía que se olvida de lo más importante de la eucaristía, la fraternidad, la recepción de cristo en todos los cristianos (sin distinción, aunque esto no es extraño que Benedicto no lo aprecie porque él hace distinciones entre divorciados vueltos a casar y no divorciados) y de la alegría, que yo creo que es la gran olvidada en la jerarquía de la Iglesia Católica. Se ponen trabas a una liturgia más cercana, como por ejemplo dar la paz con un abrazo y que el sacerdote de la paz. Se pone trabas a las devociones personales, diciendo que recibiendo el sacramento de la eucaristía de rodillas y sin tocarla con las manos se recibe mejor la eucaristía y con más respeto a Dios ¿Por qué? Pues en realidad eso viene del dogma de la transubstanciación, en el momento en el que el sacerdote bendice el pan y el vino el pan y el vino se convierten realmente en cuerpo y sangre de Dios, por eso no pueden ser profanados, no pueden quedar migas, no se puede recibir la eucaristía con pan de miga porque las migas caerían al suelo y eso sería una profanación (esto lo tuve que oír sobre la eucaristía de la Parroquia de San Carlos Borromeo) y no se puede tocar el pan con las manos porque eso sería impuro. A cerca de esto solo puedo decir, y espero que no se tome como un cachondeo, que yo creo que Jesucristo no se sentiría impuro porque le tocaran, en todo caso, también creo que le importaría menos ser arrastrado por los suelos que ser engullido y seguir toda la ruta de la digestión, si las migas en el suelo es una profanación del señor, eso es porque los guardianes de la tradición no saben donde acaban las sagradas formas.
Eso lo digo solo acerca de cuestiones que se hablaron durante el Concilio Vaticano II y que era un reto entonces ¿Qué decir de los problemas actuales que no se hablaron ni durante el Concilio Vaticano II? Sobre el terrorismo global el Papa habla poco y cuando habla lo hace en términos de condena, pero tampoco creo que el problema sea afrontado con seriedad. Una muestra de imprudencia ante la coyuntura del mundo actual fue el discurso del Papa en Ratisbona. Ante los problemas entre terrorismo radical islámico y occidente imperialista, el Papa en lugar de optar por la paz, negando las salidas bélicas y defendiendo el mutuo dialogo y enriquecimiento cultural, lo que hace es pedir el cese de las hostilidades, pedir paz, pero en su obsesión de identidad católica, toma parte por occidente y pone de relieve los valores de occidente frente a los islámicos, que para Ratzinger no ofrecen nada positivo y lo poco positivo que ofrezca ya lo ofrece el occidente arraigado en la tradición católica. Ante el terrorismo islámico, fuertes condenas (que comparto), ante el Islam una actitud hostil y crítica a la que llama “dialogo sincero”, aunque si ese dialogo sincero se utiliza con el catolicismo se le nombra laicismo, mientras que con el occidente imperialista hay unas condenas en voz bajas y unas recepciones faraónicas en el Vaticano, como la que tuvo George W. Bush. Es decir, ambos hacen mal, pero los de occidente son mejores que los de oriente porque occidente es la civilización y lo demás es barbarie. Esa es la visión de Ratzinger y esa visión tan penosa no es capaz de abarcar con madurez y seriedad el terrorismo mundial.
Sobre la crisis alimentaría tampoco hay mucho que decir porque el Vaticano ni se ha molestado en tener una postura bien definida, prima la preocupación por las cuestiones doctrinales. Ocurre aquello que decía el Padre Camilo Torres, se discute si el alma es mortal e inmortal, olvidándose de que el hambre si que es mortal. Tampoco se toma muy sen serio el Papa la cuestión del SIDA y del preservativo. Muy probablemente la postura que tiene el Vaticano en lo referente al preservativo es la postura más terrible, la postura de mayor no amor a la vida por su parte. No parecen tener una idea muy definida de lo que están haciendo, no ya solo porque recomienden no usar el preservativo (que es como recomendar no ducharse, recomendar conducir una moto sin casco, recomendar no recibir donaciones de sangre o no donarla o recomendar no ponerse vacunas), sino porque no dejan ni siquiera informar a los jóvenes (simplemente dar una información que ellos luego puedan contrastar) sobre la sexualidad y las medidas de higiene sexual.
La consecución de la paz es otro problema serio. La paz no es solo el cese de violencia, que el Vaticano apoya firmemente. La paz es el cese de la violencia, la justicia social y la convivencia. Creo que la parte de convivencia es algo que el Vaticano y Benedicto XVI tienen muy olvidado. El mayor problema de la convivencia está en los grupos que creen que su sector es el mejor, es decir, los sectarios. Todo es gira entorno a la idea de la “identidad” que uno tiene que defender porque “son sus intereses”. Benedicto XVI no puede hablar de paz en el mundo porque el no se encuentra en paz con el mundo, el tiene la visión de que esta enfrentado entre una batalla que libra el bien contra el mal en el mundo, la Iglesia representa el bien y el mundo moderno, secularizado y plurireligioso, es el mal.
Otro tema pendientes es la relación de la Iglesia con el mundo secularizado. La Iglesia ante el mundo secularizado, y Ratzinger también, lo que hace es llorar. No proponen medidas para actuar en el mundo secularizado, sino que se enfrentan abiertamente a él. No parecen conscientes de que es un proceso imparable. En lugar de dialogar, se enfrenta numantinamente defendiendo unos modelos que están completamente superados por la sociedad. Parece que quieran imponer una especie de reinado social cristiano en Europa, todo forma parte de una campaña para volver a evangeliza Europa, campaña que comenzó Juan Pablo II y que hasta el momento ha sido un total fracaso, porque no se trata de dar la buena noticia sino que se trata de dar voz a unas normas morales de la Iglesia en el ámbito público, eso no es evangelizar.
Hay quien dice, a 50 años de este anuncio de Juan XXIII, que hace falta un Concilio Vaticano III. Yo no creo que haga falta. Yo creo que el Concilio Vaticano II y los acontecimientos posteriores hacen superar la idea de concilio que teníamos. Yo no creo que haga falta que los obispos dialoguen con la modernidad en concilios en los que hablan y deciden ellos, es hora de pasar a la parte más importante del Concilio Vaticano II, la de refundar la Iglesia a partir del dialogo con la modernidad y de las Comunidades Eclesiales de Base. El Superior de los Jesuitas dijo, cuando estuvo en España hace poco, que los cambios en la Iglesia no siempre vienen de la parte alta de la jerarquía. Es necesario que las bases exploren sus horizontes y sus límites, que dialoguen con el mundo, un mundo que parece que cambia y que avanza, un mundo que desde la jerarquía, por culpa de modelos flatulentos y rancios, no se abarca con la amplitud de miras que indicaba el Concilio Vaticano II. Ahí tenemos que estar, aunque no este muy de moda, aunque los obispos que abiertamente se opusieron al Concilio Vaticano II y a sus padres (Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II) sean ahora perdonados (que no redimidos, no se arrepienten en absoluto de nada) y aceptados de nuevo, no sabemos si como obispos o en que status, pero una cosa si sabemos, con unas ideas abiertamente contrarias al Concilio Vaticano II, al dialogo con la modernidad…en pocas palabras, a todos los retos que tengo indicados arriba. A pesar de esto, los católicos no tenemos que mirar atrás para perder el tiempo en estas cuestiones tan relativas, tampoco tenemos que mirar adelante pensando en todo aquello que nos gustaría que fuera la Iglesia o el mundo; tendremos que mirar a nuestra realidad, ver a Dios en ella, actuar (que es más importante que palabrear, otro error de Ratzinger: que cree que la salvación del cristianismo esta en la teología cristiana y sus riquezas intelectuales, no ve nada en la caridad y menos aún en la liberación). El Concilio Vaticano II no estará vivo en la praxis de una gran parte de la jerarquía, intentemos darle vida en la praxis y en el espíritu de las comunidades cristianas de base.
Justicia
