Coloquios nocturnos en Jerusalén
El libro de Martini no es una propuesta de algo que se podría hacer, sino que es el testamento de algo que él ha vivido como elemento vivo de la Iglesia y que otros muchos católicos hemos vivido con él.
Me leí el precioso y polémico libro del Cardenal Carlo María Martini, realmente una maravilla. La prensa supo manipular bien, hicieron buen trabajo, pintaron el libro como algo así como un programa de cambio y de reforma de la Iglesia, no es eso, el libro mes más bien el testamento espiritual, eclesial e intelectual de una gran figura como es la del Cardenal Martini. Eso es el libro. Un hombre que no solo aprendió el Concilio Vaticano II sino que además se lo creyó y lo practicó, así lo hizo como cristiano, como obispo y como cardenal.
En el libro Cardenal Martini habla de muchas cosas necesarias para la Iglesia. Entre ellas la necesidad de que la Iglesia Católica sea más abierta y más audaz para que resulte más creíble al mundo. La gente se preguntará qué es eso de Iglesia abierta al mundo. Muy sencillo, es una Iglesia que en lugar de poner todo el rato de relieve su identidad propia ante una realidad de la que mantiene una equidistancia cuando no aptitud crítica, lo que hace es dialogar con el mundo moderno y enriquecerse con sus aspectos salvíficos. Esto no es una novedad, tampoco es una paja mental del post concilio, más bien es una necesidad que viene viviendo el cristianismo desde hace tiempo y que hábilmente supo ver Bonoheffer, aunque ver esto así a veces cueste el calificativo de modernista.
La gente también se preguntará qué es eso de ser creíble. Ser creíble quiere decir ser coherente, ser merecedora de la Fe. La Iglesia dice que no hay Fe y que vivimos en un mundo que deja de lado a Dios, yo creo que Dios está muy presente en nuestra sociedad y que hay sed de Dios, lo que pasa es que esa Fe que hay no se identifica en la Iglesia Católica porque la Iglesia Católica al no acercare al mundo para resultar coherente y creíble, para dar eso que los cristianos llamamos testimonio, lo que hace es perder un montón de riqueza que este bello mundo le ofrece. Todo ello por la insistente manía de querer contraponer Dios y el hombre, como si fueran dos realidades irreconciliables, como si el buen de Dios fuera el mal del hombre o al revés.
Otro tema tocado y que me parece muy curioso es el tema del infierno. El Cardenal Martini dice que el infierno es una amenaza, un peligro, pero que él está convencido de que al final el amor de Dios lo supera todo. El del infierno es un problema complejo. No es doctrina de Fe la existencia del infierno, yo personalmente no creo en el infierno. Si creo que lo que cree la Iglesia, que el que muere en pecado se condena, pero no creo en el infierno eterno. El infierno tiene una gran contradicción que yo nunca pude aceptar, yo entiendo que los castigos son para conseguir una finalidad, pero el castigo del infierno no es un medio para lograr un fin sino que es un fin en sí mismo, simplemente sirve para crear sufrimiento. Los católicos pensamos que Dios es amor ¿Cómo puede pasar entonces qué exista esa caricatura llamada infierno? Dios es bondad sin límites, no maldad sin límites. Yo pienso que Dios al final nos hace justicia, pero no así.
Otro tema espinoso es el de la sexualidad. En la Iglesia durante mucho tiempo se ha defendido la abstinencia y la fidelidad. Pero creo que nunca se ha entendido correctamente esa abstinencia, esa fidelidad y esa castidad. No comprendo porque para muchos católicos la actividad sexual es algo malo, algo contrario a Dios. En realidad la actividad sexual es algo natural y algo que no necesariamente es impuro, puede ser la expresión física del cariño y del amor. Tener relaciones sexuales es algo de lo más natural y la castidad de los sacerdotes católicos es algo que viene solamente de los humanos, no de Jesús, data del Siglo XI aproximadamente.
Muy relacionado con el tema de la moral sexual está el tema del divorcio, que también toca el Cardenal Martini. Martini le lanza un reto al Papa Benedicto XVI, que soluciones el problema de los divorciados que no pueden tomar la comunión. Es realmente vergonzoso que la Iglesia genere excluidos en su propio interior. No es la labor de la Iglesia la de juzgar y la de ejecutar castigos, no queramos comerle la plana a Dios, la labor de la Iglesia es la de acompañar y la de vivir la Fe. No entiendo como un sacerdote, un obispo, un laico, un cardenal o incluso el Papa tienen el valor de echar a alguien de la mesa de Dios, de no querer compartir con él la eucaristía que es el sacramento más importante del cristianismo ¿De verdad se creen a tanto nivel? Esas cosas son de fundamentalistas con un grado de egolatría considerable. Yo tengo un chaval en mi catequesis que es hijo de una madre separada, jamás se me ocurriría juzgar a esa madre, retirarle nada a esa madre, el motivo es sencillo, a pesar de esas cosas tiene una humildad, una bondad humana y una Fe que yo creo que le salva a ella y a su familia (que vive momentos de dificultades, pero que no por ello no es familia). La comunión se niega a divorciados vueltos a casar, es decir, personas que han fracaso en su matrimonio y quieren rehacer su vida. Frei Betto escribió una vez un gran artículo en el que decía que el ofició una boda de una divorciada vuelta a casar y que les dio de comulgar, que a lo mejor se equivocó, pero es que días antes el Papa Juan Pablo II daba de comulgar al sanguinario dictador Augusto Pinochet. Jesucristo no vino a imponer leyes, hemos convertido el mensaje de Jesucristo en un cúmulo de normas, no lo son, es una opción positiva de vida (ni más ni menos). La oposición de Jesucristo al divorcio no fue la oposición a una ley por motivos de otra ley superior que era una que elaboró él, tampoco era la oposición a una ley de Zapatero para defender la familia de identidad cristiana, la oposición de Jesucristo al divorcio fue la oposición de una aptitud machista hacia las mujeres que tenía la sociedad en la que vivió, en la que un marido podía repudiar a su mujer y dejarla abandonada y humillada ¿Cómo puede un cristiano aceptar eso? No puede, sencillamente.
Se le acusa a Martini de dar un vago concepto del pecado. Eso me hace gracia, si Martini tiene un vago concepto del pecado y este vago concepto del pecado lo divulga en su libro, entonces alguien me tendrá que explicar porque ahora defendemos que el concepto del pecado que defiende la Biblia es incorrecto, porque el concepto de pecado que defiende el Cardenal Martini es el mismo que defiende la Biblia. Es la Biblia la que señala que el pecado no es término que deba ser usado para nuestros pecados personales sino que es un término que se tiene que utilizar para definir esas injusticias y penurias que tenemos que vivir en este mundo en pecado. Ésta verdad no gusta, porque parece que no gusta un concepto del pecado que libere al hombre en lugar de atarlo, que acerque el hombre a Dios y que no de miedo, una vez más parece que hay sectores interesados en reñir a Dios con los hombres.
El Cardenal Martini hace una apuesta firme por el Concilio Vaticano II como el concilio que abrió la Iglesia al mundo, realmente fue una gozada y toda una revolución. Hoy día tenemos el Concilio Vaticano II muy perdido. Pero Juan XXIII fue realmente un bueno hombre con muy buenas intenciones, un hombre humilde y campesino que fue más que un Papa, fue un párroco del mundo. Hay gente que reduce el Concilio Vaticano II a una serie de actas, pero fue mucho más. Aunque solo fuera un cúmulo de actas, sería un cúmulo de actas que son muy desconocidas y poco practicadas. El mayor problema a la hora de aplicar el Concilio Vaticano II fue que había obispos que eran abiertamente contrarios al Concilio Vaticano II y sus reformas, como pudieron ser el Cardenal Otaviani, el Cardenal Cañizares en España o Monseñor Lefebre; había otros obispos que estaban moderadamente a favor del Concilio Vaticano II e introducían las reformas poco a poco, como pudieron ser Cardenal Tarancón o el Cardenal Maradiaga y hubo otros que vivieron el Concilio Vaticano II como una autentica revolución como podía ser Dom Pedro Casaldáliga, Monseñor Romero o Dom Helder Cámara.
En gran relación con el Concilio Vaticano II está el pontificado de Pablo VI, que concluyó el concilio y llevó a cabo muchas de sus reformas. El pontificado de Pablo VI estuvo muy marcado por las tensiones con la curia. La curia no aceptaba a Pablo VI ni siquiera cuando era un aspirante a Cardenal, Monseñor Montini. Se le veía como un hombre demasiado aperturista, las mayores diferencias estaban en el aspecto litúrgico y teológico.
El Cardenal Martini habla de la encíclica de Pablo VI, Humanae Vitae. Carlo María Martini dice que se debería trabajar en otro documento sobre bioética diferente al Humanae Vitae. Algo nuevo. Esto dicen que es destrozar y no tener en cuenta el magisterio y la primacía de Pedro, yo respeto mucho el magisterio del Papa y sé muy bien lo que es la primacía de Pedro (Cardenal Martini también); pero del mismo modo sabemos lo que son las presiones de la curia. La encíclica Humanae Vitae no fue un documento de Pablo VI, fue un documento de las presiones de la curia a Pablo VI, son el resultado de esas presiones. Si hay un irrespeto al papado en el mundo, ese es el de la vigencia de la Humanae Vitae.
Evidentemente el Cardenal Martini también toca los temas que trata la Humanae Vitae, estos son el de la píldora anticonceptiva y el del uso de preservativos. El Cardenal Martini es consciente de que la Iglesia tiene que dialogar con esta realidad. En ciertas ocasiones el sentido común nos dice que tenemos que controlar la natalidad, que tenemos que cuidar nuestra salud y ser sexualmente higiénicos. Eso es lo favorable, no es de cristiano o no cristiano, es de sentido común puro y duro.
Otro tema que trata Martini es el de los homosexuales, pide una mayor apertura de la Iglesia a los homosexuales. Lo que es muy normal. Me conmociono que el Vaticano se haya opuesto a la despenalización de la homosexualidad, sumándose a otros estados donde impera el fundamentalismo religioso. No sé en qué momento preciso les pareció siquiera buena idea. Esa obra es del Vaticano, no de la Iglesia Católica, es la postura de un Estado que se viene relacionando mucho con la Iglesia pero que en realidad no tiene tanto que ver con la Iglesia de Jesús. Todo esto viene de la Carta de San Pablo en la que supuestamente el apóstol misionero condenaba a la homosexualidad. San Pablo pudo condenar la homosexualidad, pero nunca a los homosexuales, luego ya siendo opuesto a la homosexualidad uno puede ser caritativo con los homosexuales y no querer que tengan estatus de criminales tan solo por su orientación sexual. Pero es que San Pablo no condena la homosexualidad, si se lee el evangelio desde una óptica fundamentalista sacamos la conclusión de que si, pero realmente no es así. Si leemos esas cartas desde una lectura histórica crítica pues vemos que lo que denuncia San Pablo es ni más ni menos que la incoherencia, el doble rasero. No se condena un acto concreto, sino que se denuncia lo que se denuncia en el cristianismo, un estilo de vida contrario a la opción de Jesús.
Todo esto lo entendemos, en gran parte, si entendemos bien la reforma de la Iglesia. Algo que está en el Concilio Vaticano II y en el primer intento de reforma que hizo Lutero. Lutero fue un gran teólogo que apuntó correctamente muchos errores de la Iglesia y los aciertos teológicos de Lutero han sido admitidos por el Concilio Vaticano II y por el Papa Benedicto XVI, sobre todo en el tema de la “Sola Fe”.
El libro de Martini no es una propuesta de algo que se podría hacer, sino que es el testamento de algo que él ha vivido como elemento vivo de la Iglesia y que otros muchos católicos hemos vivido con él.
Justicia
Pero tenemos que ser conscientes de una cosa, de que ese espíritu y ese talante no fue algo de entonces sino que tiene que ser también de ahora. No solo tenemos que asimilar las reformas que hizo el Concilio Vaticano II, que muchas de ellas aún no han sido asimiladas por la Iglesia, tenemos que intentar también que se generen cambios basados en este espíritu y este talante. Hace falta que se apliquen las reformas que hizo el Concilio Vaticano II en el seno de la Iglesia, pero también hace falta poner en marcha reformas en el seno de la Iglesia de cara a los retos que nuestra sociedad contemporánea nos plantea ahora. 