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Justicia

Categoría: Concilio Vaticano II

26 Diciembre 2008

Coloquios nocturnos en Jerusalén


El libro de Martini no es una propuesta de algo que se podría hacer, sino que es el testamento de algo que él ha vivido como elemento vivo de la Iglesia y que otros muchos católicos hemos vivido con él.

Me leí el precioso y polémico libro del Cardenal Carlo María Martini, realmente una maravilla. La prensa supo manipular bien, hicieron buen trabajo, pintaron el libro como algo así como un programa de cambio y de reforma de la Iglesia, no es eso, el libro mes más bien el testamento espiritual, eclesial e intelectual de una gran figura como es la del Cardenal Martini. Eso es el libro. Un hombre que no solo aprendió el Concilio Vaticano II sino que además se lo creyó y lo practicó, así lo hizo como cristiano, como obispo y como cardenal.

En el libro Cardenal Martini habla de muchas cosas necesarias para la Iglesia. Entre ellas la necesidad de que la Iglesia Católica sea más abierta y más audaz para que resulte más creíble al mundo. La gente se preguntará qué es eso de Iglesia abierta al mundo. Muy sencillo, es una Iglesia que en lugar de poner todo el rato de relieve su identidad propia ante una realidad de la que mantiene una equidistancia cuando no aptitud crítica, lo que hace es dialogar con el mundo moderno y enriquecerse con sus aspectos salvíficos. Esto no es una novedad, tampoco es una paja mental del post concilio, más bien es una necesidad que viene viviendo el cristianismo desde hace tiempo y que hábilmente supo ver Bonoheffer, aunque ver esto así a veces cueste el calificativo de modernista.

La gente también se preguntará qué es eso de ser creíble. Ser creíble quiere decir ser coherente, ser merecedora de la Fe. La Iglesia dice que no hay Fe y que vivimos en un mundo que deja de lado a Dios, yo creo que Dios está muy presente en nuestra sociedad y que hay sed de Dios, lo que pasa es que esa Fe que hay no se identifica en la Iglesia Católica porque la Iglesia Católica al no acercare al mundo para resultar coherente y creíble, para dar eso que los cristianos llamamos testimonio, lo que hace es perder un montón de riqueza que este bello mundo le ofrece. Todo ello por la insistente manía de querer contraponer Dios y el hombre, como si fueran dos realidades irreconciliables, como si el buen de Dios fuera el mal del hombre o al revés.

Otro tema tocado y que me parece muy curioso es el tema del infierno. El Cardenal Martini dice que el infierno es una amenaza, un peligro, pero que él está convencido de que al final el amor de Dios lo supera todo. El del infierno es un problema complejo. No es doctrina de Fe la existencia del infierno, yo personalmente no creo en el infierno. Si creo que lo que cree la Iglesia, que el que muere en pecado se condena, pero no creo en el infierno eterno. El infierno tiene una gran contradicción que yo nunca pude aceptar, yo entiendo que los castigos son para conseguir una finalidad, pero el castigo del infierno no es un medio para lograr un fin sino que es un fin en sí mismo, simplemente sirve para crear sufrimiento. Los católicos pensamos que Dios es amor ¿Cómo puede pasar entonces qué exista esa caricatura llamada infierno? Dios es bondad sin límites, no maldad sin límites. Yo pienso que Dios al final nos hace justicia, pero no así.

Otro tema espinoso es el de la sexualidad. En la Iglesia durante mucho tiempo se ha defendido la abstinencia y la fidelidad. Pero creo que nunca se ha entendido correctamente esa abstinencia, esa fidelidad y esa castidad. No comprendo porque para muchos católicos la actividad sexual es algo malo, algo contrario a Dios. En realidad la actividad sexual es algo natural y algo que no necesariamente es impuro, puede ser la expresión física del cariño y del amor. Tener relaciones sexuales es algo de lo más natural y la castidad de los sacerdotes católicos es algo que viene solamente de los humanos, no de Jesús, data del Siglo XI aproximadamente.

Muy relacionado con el tema de la moral sexual está el tema del divorcio, que también toca el Cardenal Martini. Martini le lanza un reto al Papa Benedicto XVI, que soluciones el problema de los divorciados que no pueden tomar la comunión. Es realmente vergonzoso que la Iglesia genere excluidos en su propio interior. No es la labor de la Iglesia la de juzgar y la de ejecutar castigos, no queramos comerle la plana a Dios, la labor de la Iglesia es la de acompañar y la de vivir la Fe. No entiendo como un sacerdote, un obispo, un laico, un cardenal o incluso el Papa tienen el valor de echar a alguien de la mesa de Dios, de no querer compartir con él la eucaristía que es el sacramento más importante del cristianismo ¿De verdad se creen a tanto nivel? Esas cosas son de fundamentalistas con un grado de egolatría considerable. Yo tengo un chaval en mi catequesis que es hijo de una madre separada, jamás se me ocurriría juzgar a esa madre, retirarle nada a esa madre, el motivo es sencillo, a pesar de esas cosas tiene una humildad, una bondad humana y una Fe que yo creo que le salva a ella y a su familia (que vive momentos de dificultades, pero que no por ello no es familia). La comunión se niega a divorciados vueltos a casar, es decir, personas que han fracaso en su matrimonio y quieren rehacer su vida. Frei Betto escribió una vez un gran artículo en el que decía que el ofició una boda de una divorciada vuelta a casar y que les dio de comulgar, que a lo mejor se equivocó, pero es que días antes el Papa Juan Pablo II daba de comulgar al sanguinario dictador Augusto Pinochet. Jesucristo no vino a imponer leyes, hemos convertido el mensaje de Jesucristo en un cúmulo de normas, no lo son, es una opción positiva de vida (ni más ni menos). La oposición de Jesucristo al divorcio no fue la oposición a una ley por motivos de otra ley superior que era una que elaboró él, tampoco era la oposición a una ley de Zapatero para defender la familia de identidad cristiana, la oposición de Jesucristo al divorcio fue la oposición de una aptitud machista hacia las mujeres que tenía la sociedad en la que vivió, en la que un marido podía repudiar a su mujer y dejarla abandonada y humillada ¿Cómo puede un cristiano aceptar eso? No puede, sencillamente.

Se le acusa a Martini de dar un vago concepto del pecado. Eso me hace gracia, si Martini tiene un vago concepto del pecado y este vago concepto del pecado lo divulga en su libro, entonces alguien me tendrá que explicar porque ahora defendemos que el concepto del pecado que defiende la Biblia es incorrecto, porque el concepto de pecado que defiende el Cardenal Martini es el mismo que defiende la Biblia. Es la Biblia la que señala que el pecado no es término que deba ser usado para nuestros pecados personales sino que es un término que se tiene que utilizar para definir esas injusticias y penurias que tenemos que vivir en este mundo en pecado. Ésta verdad no gusta, porque parece que no gusta un concepto del pecado que libere al hombre en lugar de atarlo, que acerque el hombre a Dios y que no de miedo, una vez más parece que hay sectores interesados en reñir a Dios con los hombres.

El Cardenal Martini hace una apuesta firme por el Concilio Vaticano II como el concilio que abrió la Iglesia al mundo, realmente fue una gozada y toda una revolución. Hoy día tenemos el Concilio Vaticano II muy perdido. Pero Juan XXIII fue realmente un bueno hombre con muy buenas intenciones, un hombre humilde y campesino que fue más que un Papa, fue un párroco del mundo. Hay gente que reduce el Concilio Vaticano II a una serie de actas, pero fue mucho más. Aunque solo fuera un cúmulo de actas, sería un cúmulo de actas que son muy desconocidas y poco practicadas. El mayor problema a la hora de aplicar el Concilio Vaticano II fue que había obispos que eran abiertamente contrarios al Concilio Vaticano II y sus reformas, como pudieron ser el Cardenal Otaviani, el Cardenal Cañizares en España o Monseñor Lefebre; había otros obispos que estaban moderadamente a favor del Concilio Vaticano II e introducían las reformas poco a poco, como pudieron ser Cardenal Tarancón o el Cardenal Maradiaga y hubo otros que vivieron el Concilio Vaticano II como una autentica revolución como podía ser Dom Pedro Casaldáliga, Monseñor Romero o Dom Helder Cámara.

En gran relación con el Concilio Vaticano II está el pontificado de Pablo VI, que concluyó el concilio y llevó a cabo muchas de sus reformas. El pontificado de Pablo VI estuvo muy marcado por las tensiones con la curia. La curia no aceptaba a Pablo VI ni siquiera cuando era un aspirante a Cardenal, Monseñor Montini. Se le veía como un hombre demasiado aperturista, las mayores diferencias estaban en el aspecto litúrgico y teológico.

El Cardenal Martini habla de la encíclica de Pablo VI, Humanae Vitae. Carlo María Martini dice que se debería trabajar en otro documento sobre bioética diferente al Humanae Vitae. Algo nuevo. Esto dicen que es destrozar y no tener en cuenta el magisterio y la primacía de Pedro, yo respeto mucho el magisterio del Papa y sé muy bien lo que es la primacía de Pedro (Cardenal Martini también); pero del mismo modo sabemos lo que son las presiones de la curia. La encíclica Humanae Vitae no fue un documento de Pablo VI, fue un documento de las presiones de la curia a Pablo VI, son el resultado de esas presiones. Si hay un irrespeto al papado en el mundo, ese es el de la vigencia de la Humanae Vitae.

Evidentemente el Cardenal Martini también toca los temas que trata la Humanae Vitae, estos son el de la píldora anticonceptiva y el del uso de preservativos. El Cardenal Martini es consciente de que la Iglesia tiene que dialogar con esta realidad. En ciertas ocasiones el sentido común nos dice que tenemos que controlar la natalidad, que tenemos que cuidar nuestra salud y ser sexualmente higiénicos. Eso es lo favorable, no es de cristiano o no cristiano, es de sentido común puro y duro.

Otro tema que trata Martini es el de los homosexuales, pide una mayor apertura de la Iglesia a los homosexuales. Lo que es muy normal. Me conmociono que el Vaticano se haya opuesto a la despenalización de la homosexualidad, sumándose a otros estados donde impera el fundamentalismo religioso. No sé en qué momento preciso les pareció siquiera buena idea. Esa obra es del Vaticano, no de la Iglesia Católica, es la postura de un Estado que se viene relacionando mucho con la Iglesia pero que en realidad no tiene tanto que ver con la Iglesia de Jesús. Todo esto viene de la Carta de San Pablo en la que supuestamente el apóstol misionero condenaba a la homosexualidad. San Pablo pudo condenar la homosexualidad, pero nunca a los homosexuales, luego ya siendo opuesto a la homosexualidad uno puede ser caritativo con los homosexuales y no querer que tengan estatus de criminales tan solo por su orientación sexual. Pero es que San Pablo no condena la homosexualidad, si se lee el evangelio desde una óptica fundamentalista sacamos la conclusión de que si, pero realmente no es así. Si leemos esas cartas desde una lectura histórica crítica pues vemos que lo que denuncia San Pablo es ni más ni menos que la incoherencia, el doble rasero. No se condena un acto concreto, sino que se denuncia lo que se denuncia en el cristianismo, un estilo de vida contrario a la opción de Jesús.

Todo esto lo entendemos, en gran parte, si entendemos bien la reforma de la Iglesia. Algo que está en el Concilio Vaticano II y en el primer intento de reforma que hizo Lutero. Lutero fue un gran teólogo que apuntó correctamente muchos errores de la Iglesia y los aciertos teológicos de Lutero han sido admitidos por el Concilio Vaticano II y por el Papa Benedicto XVI, sobre todo en el tema de la “Sola Fe”.

El libro de Martini no es una propuesta de algo que se podría hacer, sino que es el testamento de algo que él ha vivido como elemento vivo de la Iglesia y que otros muchos católicos hemos vivido con él.

Justicia

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13 Diciembre 2008

Juan XXIII

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13 Diciembre 2008

El Concilio Vaticano II y Juan XXIII


Pero tenemos que ser conscientes de una cosa, de que ese espíritu y ese talante no fue algo de entonces sino que tiene que ser también de ahora. No solo tenemos que asimilar las reformas que hizo el Concilio Vaticano II, que muchas de ellas aún no han sido asimiladas por la Iglesia, tenemos que intentar también que se generen cambios basados en este espíritu y este talante. Hace falta que se apliquen las reformas que hizo el Concilio Vaticano II en el seno de la Iglesia, pero también hace falta poner en marcha reformas en el seno de la Iglesia de cara a los retos que nuestra sociedad contemporánea nos plantea ahora.

El día 8 de Noviembre, día de la Inmaculada Concepción de María, “El Periódico” publicó un artículo del teólogo alternativo y díscolo Juan José Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid. El artículo va dedicado al Concilio Vaticano II y se escribe con motivo de que estamos en el cincuentenario de la elección del Papa Juan XXIII, el Papa que convocó el Concilio Vaticano II.

El Concilio Vaticano II es descrito por el artículo de Juan José Tamayo como una especie de luz en la oscuridad que en esos momentos cubría la Iglesia Católica, inmersa en una gran crisis. Juan XXIII con el inició del Concilio Vaticano II se demostró como gran líder católico y como luz para la Iglesia y para el mundo. Yo supongo que la admiración de Juan José Tamayo por Juan XXIII será una admiración muy grande, Juan XXIII fue un gran Papa que supo poner la Iglesia en sintonía con los tiempos modernos, en España su memoria es mantenida por una asociación de teólogos aperturistas y en dialogo con la sociedad moderna y secularizada, la asociación es la “Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII”, cada año celebran un congreso que suele levantar bastante expectación.

Juan XXIII fue un Papa elegido por los conservadores italianos para evitar que saliera un Papa francés, como no se ponían de acuerdo en que italiano poner como Papa de la Iglesia Católica (que si el Cardenal Ottaviani, que si Monseñor Montini...había ahí una lucha), la decisión de consenso de los cardenales italianos fue la de elegir un Papa italiano, de transición, que fuera anciano y fácilmente manejable para la curia: ese era el perfil del anciano Cardenal Roncalli. En fin, la decisión fue en gran parte política e inspirada por los entramados de poder que hay en el Vaticano. Aún así, el Cardenal Roncalli (que se decidió llamar Juan XXIII) resultó ser una gran sorpresa. Juan XXIII dio a la Iglesia un talante humanista y un espíritu reformador, este talante y este espíritu acompañaron al Concilio Vaticano en todas sus sesiones (incluso en las que Juan XXIII, ya fallecido, no pudo presentarse).

Pero tenemos que ser conscientes de una cosa, de que ese espíritu y ese talante no fue algo de entonces sino que tiene que ser también de ahora. No solo tenemos que asimilar las reformas que hizo el Concilio Vaticano II, que muchas de ellas aún no han sido asimiladas por la Iglesia, tenemos que intentar también que se generen cambios basados en este espíritu y este talante. Hace falta que se apliquen las reformas que hizo el Concilio Vaticano II en el seno de la Iglesia, pero también hace falta poner en marcha reformas en el seno de la Iglesia de cara a los retos que nuestra sociedad contemporánea nos plantea ahora.

Sin duda, el mayor logro del Concilio Vaticano II (y precisamente, el logro al que Juan José Tamayo rinde tributo en su artículo) es el de haber enterrado el Cristianismo Social o la cristiandad. En esos momentos imperaba en la Iglesia la idea de que lo más importante era la Verdad, y la Verdad tenía que ser defendida por los católicos ante todo y en todos los ámbitos. La Verdad era, para la cristiandad, lo más importante, tenía que hacerse presente en las instituciones y tenía que ser defendida sobre cualquier tipo de cosa. La caridad, por muy buena que fuera, no era válida sino era una ferrea defensa de la Verdad, es más, hay quien defiende (aún se defiende hoy la cristiandad) que la caridad es la defensa de la Verdad. En fin, un fundamentalismo. Juan XXIII logró superar esa cristiandad y ponerse en sintonía con el verdadero proyecto de Jesús de Nazaret. Uno de los mayores errores es el de pensar que el proyecto de Jesús de Nazaret era la Iglesia Católica, no es así, el proyecto de Jesús de Nazaret nunca fue la Iglesia Católica, el verdadero proyecto de Jesús de Nazaret miraba más allá de la Iglesia Católica, está más relacionada con el Reino de Dios.

Hace falta recuperar el espíritu del Concilio Vaticano II para que la Iglesia se ponga en sintonía con el mundo actual. Los últimos pontificados no han ido en esta dirección. Juan Pablo II y Benedicto XVI han confesionalizado la Iglesia Católica y la han convertido en algo de un sector, en poco más que una ideología que debe ser defendida en el ámbito público y en el ámbito eclesial. Por eso ahora el mayor reto de la Iglesia, en lugar de ser el de dialogar con la modernidad es el de poner una cruz allí donde este. Me llamó la atención la polémica sobre las cruces en las escuelas públicas. Reflexione un poco sobre ese asunto y le dedique alguna de mis oraciones.

¿Qué haría el Papa Juan XXIII en esta situación de laicismo? La verdad es que no hace falta ni preguntárselo porque fue una realidad, Juan XXIII (siendo aún Monseñor Roncalli) se topó con el laicismo en Turquía (sin ir más lejos) donde no pudo llevar sus atuendos de monseñor, de manera que tenía que ir “de paisano” y lo hizo con mucho optimismo. Yo creo que en una situación como la española, a Monseñor Roncalli poco le importaría que hubiese o no hubiese cruces en las escuelas públicas, más bien se preocuparía porque hubiese educación para todos y de que si no la hubiese la Iglesia fuera un factor positivo y educador, no basado en intereses propios o políticos sino que basado en que es lo necesario para la sociedad actual y es la verdadera caridad (que no es decir la Verdad, sino practicar esa gran verdad que es el amor, es decir, hacer a los demás lo que queremos que hagan con nosotros, querer a todos como hermanos).

El Papa Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI no parecen interesados en un proyecto de Iglesia universal, más bien parecen que creen que la Iglesia es una institución que tiene que ser equidistante de las otras instituciones religiosas y que tiene que ser crítica con la modernidad. No es raro ver duras críticas de Juan Pablo II y de Benedicto XVI a la sociedad, y no digo a los errores sociales y los sistemas sociales ineficaces que tantas guerras y pobreza generan (por lo general, ambos Papas han sido muy cordiales con los ideólogos y los mayores responsables de estos errores sociales), sino que hablo con la sociedad de a pie, con la gente humilde, no es raro ver a Juan Pablo II y Benedicto XVI diciéndoles que van a ir al infierno, que viven en la inmoralidad, que la crisis de la Iglesia se debe a la inmadurez de su Fe y cosas por el estilo. Tampoco es raro ya ver en Benedicto XVI una actitud hostil con las otras religiones, el mimo ha dicho que piensa que el dialogo interreligioso es imposible. Tampoco es raro ver a Benedicto siendo pesimista ante los cambios de la sociedad y no queriendo que la Iglesia se sume desde su perspectiva cristiana, menos aún es raro ver teólogos que son eclipsados, castigados, cuyas carreras se ven truncadas tan solo porque su Teología se hace desde los presupuestos de la Teología de la Liberación o desde el dialogo con las ideologías, con la modernidad o con las otras religiones.

Olvidaron, ambos Papas, que el pensamiento crítico es necesario para la Iglesia Católica. También olvidaron la Opción por los Pobres que se realizaba en el Tercer Mundo y solo supieron ver peligros (peligros comunistas, peligros diplomáticos, en pocas palabras...peligros políticos), castigaron teólogos simplemente por su Opción por los Pobres y dificultaron la labor de obispos en el Tercer Mundo que en ese momento clave necesitaban ante todo el apoyo de el Papa, muchos de esos obispos murieron asesinados por los gobiernos a los que el Papa intentaba complacer criticando al obispo que intentaba luchar por los derechos de los más pobres. Gracias a Dios, a pesar de los castigos del Vaticano, de las críticas de los sectores conservadores y de las no pocas matanzas de sus más importantes exponentes, la Teología de la Liberación sigue teniendo actividad y vitalidad hoy, supongo que porque se convirtió en algo más que una simple teología de académicos...imprimió realmente en la sociedad, la latinoamericana sobre todo. Igual que ha imprimido en la sociedad el talante humanista y el espíritu renovador del Papa Juan XXIII.

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