Hace poco el Papa Benedicto XVI ha publicado una encíclica preciosa. Realmente es bella. Es bella, yo siempre le admitiré a Ratzinger el buen gusto a la hora de escribir, es capaz de exponer las ideas más conservadoras y tridentinas de la Iglesia con un atractivo y una elegancia propios de Karl Rahner. Es una encíclica valiente, porque toma una postura bien definida y que expone sin ningún complejo. También se puede decir que en cuestiones políticas de política internacional, la encíclica se ve alineada con la izquierda política y hace suyas su reivindicaciones (Una autoridad mundial, reforma y democratización de la ONU, un nuevo modelo económico, un sistema productivo que sea sostenible...).
Creo que cualquier persona admite que Joseph Ratzinger se ha apoyado bastante en las reflexiones hasta ahora hechas por la izquierda. Pero aún así sigo viendo problemas en la encíclica, problemas que tienen mucho que ver con el gran problema de la Iglesia. Lo que tiene que distinguir a la Iglesia no es el hecho de hacer los más acertados análisis económicos, políticos, culturales y sociales. No se me mal interprete, es importantísimo que la Iglesia tenga centros de reflexión desde los que, con una perspectiva cristiana, se mira el mundo y se analiza, y es importante que esos análisis sean unos trabajos rigurosos. Pero yo creo que cometemos un error si nos creemos que el hecho de escribir encíclicas sociales con análisis acertados, ya por eso la Iglesia se convierte en una realidad más viva y presente en nuestra sociedad.
Yo creo que lo que tiene que distinguir a la Iglesia es la manera de vivir y de hacer esas reflexiones, es ser una Iglesia ética y ser una Iglesia con coherencia y credibilidad. No se puede hablar de la crisis económica desde los palacios del Vaticano. Ojo, no intento con esto hacer una demagogia barata. Yo creo que hay algo en la Iglesia que es muy importante, ese algo es el lugar de reflexión. Para mi el lugar de reflexión no puede ser el Vaticano, la tradición y la Doctrina Social de la Iglesia; sino que tiene que ser la experiencia de la Iglesia allí donde más se está sufriendo la crisis (todo ello, por supuesto, a la luz de la tradición y de la Doctrina Social de la Iglesia, que se ponen al servicio de esta realidad).
Cuando yo hago esta crítica, que creo que es muy seria y habla de un problema muy serio en la Iglesia (que es la excesiva centralización que hay en la Iglesia para todo, incluso para la reflexión sobre la sociedad), se me suelen dar unas respuestas que no son satisfactorias. Por un lado se me dice que una encíclica que habla de economía no puede ser escrita desde una realidad de pobreza porque tendrá que ser escritas por personas que sepan bien de economía, ¡Como si no hubiera economistas que están comprometidos de manera total con las realidades de pobreza que podrían ser los asesores y pudiesen trabajar en el borrador de la encíclica! Se me ocurre, sin ir más lejos, en la UCA, el difunto Padre Javier Ibisate. Son respuestas que no me satisfacen en absoluto, porque además ponen bastante de relieve el poco respeto que hay en la Iglesia hacia los pobres y hacia las gentes comprometidas con ellos.
En resumen, una encíclica muy buena y un gran documento que analiza de manera acertada la actualidad y da con unas soluciones que a mi me parecen las correctas. Pero por desgracia, tampoco es nada nuevo, ya hay otros centros de reflexión de otras Iglesias y de partidos políticos que hacen lo mismo. Lo que la Iglesia Católica tendría que hacer, lo que tendría que hacer la Iglesia de Jesús, es superar los defectos de esos partidos y esas Iglesias y conseguir tener lo que ellos no tiene, Fe verdadera en lo que dicen y conseguir ser coherentes con esas ideas políticas expuestas. Que esas reflexiones no sean fruto de una ideología aprendida, sino que sea producto de una reflexión hecha desde una realidad que nos pone ante algo más grande. Por desgracia la Iglesia Católica, al menos la institucional, no supera al resto de iglesias ni a los partidos políticos. Por eso la encíclica, creo, tampoco es lo que necesitaba la Iglesia Católica en estos momentos...hacen falta testigos, profetas y hacer falta austeridad.
No me sorprendieron las declaraciones del Cardenal Maradiaga. Sigo con atención el trabajo y la labor de Maradiaga desde el año 2005, cuando se perfilo como candidato a sucesor del Papa Juan Pablo II y, en caso de ser así, sería el primer Papa Latinoamericano. No fue así, el Papa fue Joseph Ratzinger que ahora es Benedicto XVI. Pero aún así seguí con atención la labor de Monseñor Maradiaga.
En principio vi una labor de compromiso contra el tráfico de drogas y contra la corrupción política. Causas nobles que hicieron que el cardenal fuera amenazado y necesitara de la compañía de unos escoltas. En su día, también mantuvo una oposición a la Guerra de Irak señalando que las verdaderas armas de destrucción masiva son la pobreza y el hambre.
A medida que fue pasando el tiempo, Maradiaga fue "ascendiendo" en la Iglesia. Para la Iglesia de Honduras es todo un referente, es un cardenal de los pobres, la esperanza de aquellos que creen en una Iglesia que hace una opción radical por los pobres y contra su pobreza. Pero esa opción, por desgracia, fue siendo cada vez menos radical.
Maradiaga me decepcionó hace un año o dos, cuando condenó la labor del obispo Monseñor Luis Santos en defensa de los movimientos contra la ley minera. En ese momento Maraidaga, a favor de una falsa paz social, pidió a Monseñor Luis Santos que cesara en sus protestas. Fue decepcionante ver como un Cardenal de los pobres cortaba la labor de un Obispo de los pobres. Daba la sensación de que quería ser él la cara visible de una Iglesia pobre, como si los pobres fueran propiedad de algún tipo de líder populista (ya sea de la Iglesia o de donde sea).
Desde entonces me fui volviendo más escéptico con Maradiaga. Daba la impresión de que era un obispo sensible a los temas como la pobreza o la guerra, pero no acababa de dar la sensación de que sintiera más respeto por los pobres que por los ricos. Maradiaga oficia las bodas de la aristocracia hondureña, bautiza a los hijos de los corruptos, sin embargo no se le puede ver bautizando un niño desnutrido, es casi difícil verle bautizar a un niño que simplemente no pertenece a la aristocracia de Honduras. Da la sensación, a mi me la da, de que los pobres se convierten en algo vacío, en algo que la Iglesia tiene que atraer como sea, y la mejor manera es mostrando ayuda, sin pizca de gratuidad ni de opción radical. Eso no es lo que los pobres necesitan ni materialmente, ni tampoco espiritualmente.
Maradiaga, que antaño era amigo íntimo de Manuel Zelaya, ahora le pide que no vuelva. Dice que no hay Golpe de Estado, que los militares simplemente obedecieron las ordenes del veredicto de un tribunal legítimo (cuesta creer que un tribunal legítimo de el veredicto de que al presidente hay que raptarlo y expulsarlo del país). Apoya el Golpe de Estado y apoya la dictadura que ya lleva un numero de presos, un número de heridos en manifestaciones reprimidas y también, por desgracia, comienza a dar sus primeros muertos. Muertos con sangre derramada, sangre que esperemos no sea derramada para que Zelaya vuelva y todo siga igual, sino para que la democracia se respete y el pueblo hondureño decida su futuro, el pueblo hondureño y no otros países o fuerzas fácticas (como el ejército o la propia jerarquía eclesiástica de Honduras).
Sobre el Cardenal Maradiaga. Tan solo recordar, a él no porque ni leerá este humilde blog, pero si recordar a la gente en general que Maradiaga no debe todo su existo eclesial a sí mismo, ni tampoco se lo debe al Vaticano, se lo debe a Dios que a él le ha intentado hablar a través de los pobres y de la pobreza hondureña, una pobreza que no solo es material sino que también es de dignidad humana, es eso a lo que se debe Maradiaga...como todos los obispos, a Dios y a los pobres mediante los que Dios habla. Que al menos admita Maradiaga que con el Golpe de Estado el gran problema de la pobreza sigue vigente y que crece la pobreza de dignidad humana a la que se somete al pueblo de Honduras.
Admiro mucho la obra y la vida de Vicente Ferrer. En la tele veo la multitud que asiste a las ceremonias de despedida, que culminan con un funeral cristiano en el que no faltan oraciones de otros credos. Es la mejor despedida para un hombre que como todo cristiano que se haga valer, supero las religiones (incluyendo la católica) y toco los corazones de todos los credos, supo decir algo a la Fe con su vida vivida.
En varios sentidos, Vicente Ferrer es todo un ejemplo y un testimonio para los cristianos, un autentico profeta. Yo me atrevo a llamarle ya San Vicente Ferrer, teniendo en cuenta el kaos que hay en las beatificaciones y canonizaciones, creo que es mejor guía para reconocer la santidad de un hombre la propia reacción de los pueblos que las pujas, presiones y políticas que hacen los grupos que postulan y promocionan los santos, como si fueran los managers de la santidad, para que luego todo acabe en sacar dinero de vender postales; yo se que eso a Vicente Ferrer no le haría mucha gracia. Por eso le voy a llamar lo que es, San Vicente Ferrer, un santo que no es santo de la iglesia "oficial", pero que luego es de los santos que más acompañan en la vida.
Su vida es lucha. Primero lucha por la vida en España, donde sufrió la represión franquista en un campo de concentración. Luego su lucha más importante, la India. Llegó a la India creyendo que tenía que enseñar a la gente a ser cristiana, a orar y a administrar sacramentos; pero allí el pueblo indio le enseñó muy pronto que estaba allí para vivir el cristianismo con ellos, orar a través de la contemplación y la acción y a vivir los sacramentos de la vida.
Son muchas las lecciones que nos deja. Primero que la pobreza es el reto a superar y lo tienen que ver así los gobiernos y las organizaciones sociales, también nosotros en la vida pública y en la privada. La pobreza supone un gran escándalo y todos tenemos que mojarnos en la solución al problema de la pobreza. Nos enseño que la pobreza es algo con causas, no una simple casualidad; que la pobreza es el resultado del egoísmo humano y de la voracidad del capitalismo, no una situación querida por Dios para que nos redimamos mediante el sufrimiento (como han enseñado algunas religiones).
Fue, ciertamente, un revolucionario. A lo mejor no fue un revolucionario marxista, no lo fue, no llegó a las conclusiones a través del análisis marxista de la realidad, sino que era un revolucionario de los que más valen, esos que llegan a sus conclusiones a partir de la praxis, de vivir en su propia carne la opresión y la marginación de los pobres de la India. Todo eso lo hizo por motivos religiosos, siguiendo a los profetas de Israel que decían que a Dios se le conocía mediante la justicia, por ello asumió la exclusión social y la lucha política para dar dignidad a aquellos que no tenían dignidad, lo hizo para luchar por la liberación de los pobres de obra, de palabra, de pensamiento y de sentimiento.
San Vicente Ferrer no fue una persona que sintiera lastima por la situación de los pobres, como hacemos tantos en el mundo desarrollado. San Vicente Ferrer fue pobre, asumió sus causas hasta las últimas consecuencias, estando en el objetivo del gobierno que lo quería expulsar y de la Iglesia Católica que no veía bien su trabajo ni la manera de hacerlo, motivo por el cual abandono la Compañía de Jesús.
No era solo una persona caritativa, sino que era una persona liberadora. Su Iglesia no era la que tenía al pobre en la puerta pidiendo dinero, sino que su Iglesia era la que tenía al pobre dentro participando en el sacramento y siendo protagonista de su liberación. Se acercó a los sectores oprimidos no para darles una caridad de ricos y ganarse así la salvación, sino que se acercó a ellos para organizarse con ellos y hacerlos protagonistas de su lucha por la liberación del pueblo oprimido.
Despertó las utopías de la población adormilada, dio esperanza a aquellos que ni eso tenía. Fue todo un testigo y todo un profeta, que en vida obró milagros y revoluciones. Un gran hombre, de esos que dedican toda su vida a una causa, esos que son imprescindibles. Su ejemplo nos queda, San Vicente Ferrer.
Se lleva hablando toda la semana de una supuesta "condena" por parte de la Comisión Para la Doctrina de la Fe al teólogo gallego Torres Queiruga. No se muy bien quien es, no he leído nunca nada suyo, lo poco que se de él es que es modernista y al parecer también es un defensor del galleguismo, ninguna de las dos cosas son pecado. No hay notificación, al menos de momento, no sabemos si porque se han "rajado" o porque "las cosas en palacio van despacio". En ambos casos, para mi, queda en mal lugar la Comisión Para la Doctrina de la Fe. Si el hecho de que no se haya publicado una notificación se debe a la repercusión que ha tenido en algunos medios de comunicación la noticia, me parece mal, ¿Es qué hay que tener miedo? Algo poco dente y poco aceptable estarán haciendo cuando quieren ocultarlo y quieren hacer un juicio lo más opaco y secreto posible, como lo fue el juicio de Jesús.
Si no se le condenar por miedo a que Torres Queiruga es intimo amigo de varios obispos gallegos, de muchos prestigiosos teólogos e incluso del Padre Ladaria (Secretario de la Congregación Para la Doctrina de la Fe) eso querría decir que para esta Comisión en la Fe hay clases, hay gente que vale más que otra en la medida de las riquezas institucionales que tenga, cosa que me parece anticristiana. Si el hecho de que no haya condena se debe a que las cosas en palaico van lento, pues también me parece una torpeza. Torres Queiruga es una persona con la carrera ya hecha, lo publicado ya publicado, el prestigio ya ganado y al que lo que pase ahora tampoco le influirá mucho.
Ya no es como antes, que condenaban a un joven Hans Küng o a un prometedor Leonardo Boff, teólogos jóvenes, de ideas innovadoras, que son silenciados y alejados del ámbito estrictamente católico para truncar su carrera (que nunca se vio truncada). Ahora condenan a un Jon Sobrino anciano que todo lo que quería hacer con la Teología de la Liberación en América Latina ya lo ha hecho, condenan a un Antonio de Mello ya fallecido cuya aportación ya está hecha y es asimilada por muchos católicos, le quitan su cátedra a Juan Masía un año antes de que se jubile o condenan (si al final se da el caso) a Torres Queiruga a estas alturas de la película, ya es que ni siquiera les importa el impacto de su obra simplemente les importa publicar una notificación que parece hecha más para llamar la atención que para solucionar cosas.
Si la Comisión Para la Doctrina de la Fe es un cosa que va lenta, probablemente lo mejor sería ya acabar con ella, no solo porque no tenga sentido (que no lo tiene, porque Fe y Teología no es lo mismo, la Teología se puede medir con unos presupuestos, que luego cada uno usara los que crea más adecuados porque al final ninguno es absoluto; la Fe solo la puede medir Dios y no es una ciencia que el hombre pueda controlar), sino que además actúa lento en un mundo que (por más que eso no les guste a algunos jerarcas) se mueve rápido. Los obispos aún andan hablando de lo que supone la participación de los laicos en la Eucaristía, en las zonas de Asia y en algunos casos de España los católicos en general ya hablan de la participación de personas de otras religiones en las celebraciones. Tenemos una jerarquía que soluciona problemas del siglo pasado y eso no es que sea contradicho por el mundo actual, es que ni siquiera le importa.
En realidad estas notificaciones no me molestan mucho, en primer lugar porque al teólogo en cuestión no le perjudica mucho. Su carrera está hecha, ya son ancianos y ya pueden incluso decir lo que les de la gana (si es que en algún momento no lo hicieron), la notificación al hablar de problemas ya superados pues no conecta con el interés de nadie porque la gente anda superando otros retos y lo único que sufre es la credibilidad de la misma Fe que ve su significado desvirtuado por una institución que nada tiene que ver con la Fe, además de que sufren las personas allegadas al teólogo (los teólogos en cuestión, por lo menos los últimos, no parecen muy preocupados).
No se como terminará este episodio con Torres Queiruga, tampoco me parece importante. Sobre Torres Queiruga, como sobre cualquier teólogo, importará más lo que escriba (¡Y lo que haga! Que sin praxis no hay teología) que lo que digan o escriban de él, porque se pueden escribir y decir muchas tonterías y desde la Comisión Para la Doctrina de la Fe se han dicho verdaderas barbaridades, ya sobre medios mamporreros de la institución (que parece que les den de comer, cuando no les dan de comer ni la Fe misma) se lee de todo.
Yo no le suelo dar importancia ha estas cosas a la hora de juzgar la vida de un cristiano. Jesús nunca tuvo buen trato con las instituciones religiosas, Francisco de Asís fue incomprendido mucho tiempo incluso fue prácticamente expulsado de su propia orden, Ignacio de Loyola estuvo preso de la Inquisición, la Iglesia tardo tiempo en comprender y aceptar la misión de Teresa de Calcuta, Monseñor Romero nunca tuvo el apoyo de sus compañeros obispos, no me importó tampoco que el Papa regañase en público a Ernesto Cardenal, ni tampoco me importan las censuras que hayan caído sobre Hans Küng o sobre Leonardo Boff, me da igual lo que los obispos digan de Juan José Tamayo o de José Antonio Pagola, la Iglesia ya se equivoco con Ives Congar y con de Chardin, Charles de Foucault nunca tuvo un seguidor hasta años después de su muerte y hoy es beato; la Iglesia y el éxito institucional en la Iglesia no es un buen principio para medir la santidad de un hombre y que los hombres más santos que conozco estuvieron reñidos con la institución o no tuvieron nada que ver con ella. Al final tiene razón Jon Sobrino cuando dice que es más importante lo que opine de un teólogo la señorita que trabaja de cocinera en su pueblo que lo que opine una Comisión Para la Doctrina de la Fe. Una Comisión Para la Doctrina de la Fe que tarda décadas en condenar cosas que considera muy peligrosas para la Fe, y tarda décadas por motivos burocráticos, lo que quiere decir que al final se comportan como funcionarios de la Fe (una Fe que luego ni siquiera es Fe, sino que es otra cosa).
El Vaticano está muy lejos y los obispos... miran más al Vaticano que a su pueblo.
Hace poco vi en El País una mención al sacerdote fallecido, Jean Just. El diario español compara a Jean Just con Martin Luther King, y la verdad es que la comparación no es odiosa porque son muchas las similitudes entre ambos testigos y ambos profetas. Cada uno de una iglesia con una tradición y una identidad diferente, pero ambos de la Iglesia de los Pobres que es la Iglesia de Jesús.
Jean Just es de esos que entendieron el Concilio Vaticano II como una puesta de la Iglesia en misión, un acercamiento de la Iglesia a los pobres para evangelizarlos y para ser evangelizados por ellos. Heredero de la teología de la liberación y muy ligado a la figura del también sacerdote de Haití Jean Bertrand Aristide, Jean Just no corrió la misma mala suerte que Aristide y no soportó duras reprimendas por parte de la jerarquía eclesiástica (aunque siempre hubo recelos) ni tampoco fue expulsado o anulado del ejercicio sacerdotal.
Desde 1979 Jean Just ya se hacía famoso entre las personas comprometidas con los Derechos Civiles, protagonizó importantes protestas a favor de los derechos de los derechos de la comunidad emigrante de su país. En esos años llegó Jean Just a Florida, donde hizo una residencia para los emigrantes haitianos desfavorecidos.
Para Jean Just ser sacerdote no era solo predicar o mostrar la piedad en público, para Jean Just ser sacerdote era rendir culto, entiendo culto como militancia, a la liturgia, entendiendo liturgia como servicio al pueblo. Sin entender el verdadero significado laico de la palabra culto y de la palabra liturgia, no entendemos la importante labor de figuras proféticas como Jean Just o Luther King.
Mientras el estaba en EE.UU. luchando por los derechos de los haitianos emigrantes, en Haití se avecinaba cada vez más un cambio, cambió que se hizo ver en el plano institucional con la llegada de Jean Bertrand Aristide a la presidencia. Aristide era un sacerdote expulsado de la orden de los salesianos y cercano a la teología de la liberación, un hombre revolucionario y cercano a su pueblo
Jean Just se sintió muy identificado con el proceso de cambio que se avecinaba en su país de origen, proceso de cambio que encabezaba Aristide, y por eso volvió a Haití para apoyar el proceso y para apoyar a Aristide. Ejerció el ministerio sacerdotal en los barrios más pobres de Haití donde las bandas criminales hacían de las suyas.
Su labor de paz ha sido reconocida por muchos. Muchos supieron ver que a pesar de apoyar a Aristide, hay diferencias claras entre Jean Just y Aristide, Jean Just tenía una opción por la paz más definida, la paz no solo como fino sino que también como camino. Se le presentó como candidato al Nobel de la Paz en el año 2006 con escaso éxito.
Por otro lado, no ha faltado quien intentará manchar su nombre intentándolo vincular, allá por el año 2005 o 2006, con el asesinato de un periodista. Estuvo preso un tiempo y fue una conmoción de la que, dicen, nunca se recuperó del todo. Tiempo después esas acusaciones fueron rechazadas, creo que nadie ha pedido perdón a Jean Just por lo ocurrido.
Después de ese traumático episodio, Jean Just se fue a Miami donde murió hace un mes aproximadamente, el día 27 de Mayo. La historia de Jean Just es la historia dramática de un hombre que murió relativamente joven (con 67 o 68 años) y que no vio cumplido su sueño de ver una Haití mejor, más rica. Más bien murió viendo una Haití que está en la cola de los países más pobres de América.
La historia de Haití es muy romántica y triste, fue el primer país independiente de América Latina y la primera república negra en todo el mundo. Pero el neoimperialismo de los EE.UU. y la dictadura de Devaleu han dejado al país muy tocado y han imposibilitado los cambios que con tan buena voluntad intento liderar Aristide y que con gran esperanza quiso acompañar Jean Just. La tragedia de Haití, como dice el reportaje que leí en El País, fue también la tragedia de Jean Just y de Aristide. En la Iglesia de Jesús y en este mundo, nos queda su ejemplo y su testimonio, que algo nos dicen.
Veo asombrado las noticias sobre la confrontación entre los indígenas del Amazonas y el gobierno de Alan García, eso parece haber sido una masacre. Alan García nunca fue santo de mi devoción, siempre me pareció una cara dura y un corrupto, después de esto pienso muy en serio que Alan García es un asesino y es el responsable de la muerte de más de veinte indígenas.
Las cantidades de muertos, de heridos y de desaparecidos claman al cielo y habrá que pensar en Dios desde la realidad de esas víctimas. Tenemos que pensar en Dios desde esos cuerpos abaleados, quemados y arrojados al río Marañón. Hombres, mujeres y niños que han sido masacrados, ya sea en la calle o ya sea en sus casas desde helicópteros, son hombres, mujeres y niños en los que se plasma Jesús crucificado.
Todo parece formar parte de un despliegue militar planificado y comandado por el gobierno de Alan García, el peor genocidio en años de los pueblos indígenas, un escándalo que clama al cielo. Esta acción criminal ha consternado a parte de la comunidad internacional, ante esas críticas y ante la denuncia del crimen, Alan García hace responsables a los indígenas de los que dice que son criminales, bárbaros e incluso ha llegado ha decir que son ciudadanos de segunda.
Los indígenas nada más defienden el derecho ha tener sus tierras, tierras que Alan García quiere entregar a empresas transnacionales. Ellos luchan por esas tierras que son su vida, unas tierras que se encuentran amenazadas por los diez decretos emanados desde Palacio sin consulta legal ni nada.
Alan García hace homenaje a los policías caídos, caídos por responsabilidad suya y de su patética gestión de la crisis, pero no hay homenaje por los más de veinte indígenas caídos en la zona de Bagua. Mientas las crisis crece, Alan García no escucha ha nadie, ni escucha a los indígenas ni tampoco escucha a sus opositores "legales" y oficiales. García pare convencido de querer imponer a golpe de fuego y a golpe de sangre los deseos de las empresas transnacionales.
No es la primera vez que en un gobierno de García pasa esto, ya en el anterior protagonizo una sonada masacre en la prisión de El Fortón donde murieron más de cien reclusos. Hay que defender los derechos de los indígenas, hay que defender el Amazonas, hay que defender un ecologismo social que defienda que el agua es de todos y no solo de unos pocos, hay que defender el trabajo y la tierra que se trabaja.
La huelga de los indígenas no solo era una huelga legítima sino que era una huelga totalmente justificada. Ante la lucha indígena, ante la huelga, ante la protesta y ante los problemas que en Perú genera la crisis económica, parece que el gobierno tan solo responde en Perú con recortes de derechos, con sangre y con fuego, con represión, con matanzas.
Tendremos que pensar que democracia hay en Perú cuando estas cosas pasan. Tendremos que pensar si la necesidad de los pueblos es ser democráticos o ser más fraternos. No me mal interpreten, hay que desarrollar la democracia y profundizar en ella, pero de nada sirve la democracia si no reconocemos en el otro un semejante, de nada sirve la democracia si la vemos como algo que nos sirve para que los indígenas (o el sector que sea) pueda patalear desde un partido políticos...si se hace democracia es porque en el otro se ve un semejante, se ve una persona con la que queremos trabajar por el país y para eso no vale con hacer unas estructuras democráticas en el país (que están muy bien y hay que desarrollarlas) sino que lo que hay que hacer es formarse humanamente, humanizar la humanidad y fraternizarnos. Eso en Perú no pasa, al menos políticamente, porque el presidente habla de ciudadanos de segunda y ciudadanos de primera; y sobre esos ciudadanos de primera y de segunda suele pone empresas transnacionales.